NOTICIAS -

El cuadro – Capítulo 2

Gonzalo Herrera continúa compartiendo con nosotros capítulos de su novela inédita «El Cuadro»


Capítulo II
Andando caminos, dedicado de lleno al duro oficio de vivir fue, de a poco, olvidándose del fantasma de sentirse perseguido por haber tomado parte de aquella protesta obrera y, con la tranquilidad que paisajes pueblerinos le infundían, fue llegando Joan a Concordia, provincia de Entre Ríos, instalándose en una pensión próxima al Hospital Felipe Heras, donde pudo conseguir empleo como personal de mantenimiento y maestranza. Compartía la habitación con don Galeano, un señor que trabajaba en los talleres de la estación ferroviaria. Le llamó la atención ver varios frascos de medicamentos en la mesita velador de su compañero de pieza. Una mañana, mientras compartían el mate y no pudiendo más con su curiosidad, preguntó al hombre:-¿Todo eso es suyo?-Y sí, qué se le va a hacer… los «fuelles», ¿sabe?-¿Los fuelles…??Sí… quiero decir, los pulmones…-¡Ah, caramba! disculpe usted.No es nada… Como verá, tantos años de trabajo, respirando el polvo de carbonilla que se desprendía del fogón de las locomotoras en las que trabajé; de fogonero al empezar y de maquinista después, durante casi treinta años. No es fácil… ahora me pusieron en los talleres, pero… es más o menos lo mismo.-¡Qué barbaridad! ¿Y qué piensa usted hacer?Nada… seguir hasta donde pueda… ¿qué otra cosa me queda?-No sé qué decirle… Bueno, cambiando de asunto, la buena de doña Ramona ya me tiene aburrido con eso de darnos de beber chufa Fortuny cuando no, limonada, ya sea en la cena o el almuerzo; es por eso que quisiera saber dónde se puede ir uno a tomarse un vino, ¡qué joder!-Mire, ¿usted trabaja en el hospital, me dijo?-Sí…-Bueno, como si saliera del hospital, por la misma calle Entre Ríos, cruce las vías y a las dos cuadras, se va a encontrar con el almacén y despacho de bebidas de don Aurelio. Eso sí, va a tener que ir después de las nueve porque el hombre va a la escuela nocturna y cierra la cantina en ese horario…-¿Que va a la escuela…??-Sí, a la Veintinueve de Junio y su maestro es el mismo director, don Barnidio Sorribes.-Ah…-Algo más, don Joan, si está por salir no se preocupe, la puerta queda sin llave; eso sí, avísele a la dueña.-Muchas gracias, don Galeano, hasta luego.A partir de ese día, Joan se dio a diarias excursiones nocturnas al bodegón de don Aurelio, alternando allí con los habituales parroquianos, casi todos ellos hombres de trabajo, unos en el puerto; otros en la estación del ferrocarril y también integraba el grupo Fermín, un compañero de trabajo de Joan, con el que comenzó a compartir horas de amena tertulia junto a los demás, según iba entrando en confianza con ellos.De esas reuniones regresaba a la posada, alrededor de la medianoche, rutina que invariablemente mantenía de lunes a viernes porque los sábados, llegaba más allá de la una, ya madrugada de domingo, con unos cuantos vinos encima, caminando con cierta dificultad, puteando a todo y contra todos; otras veces, canturreando una zafada cancioncilla francesa que en algún tiempo aprendiera de oído. Algo para destacar, aún ebrio, era muy astuto: conocía perfectamente la puerta del hostal. Llegaba y, sacando fuerzas no se sabe de dónde, entraba a la casa sin hacer el más mínimo ruido, enfilaba hacia su cuarto para dejarse caer en la cama en donde le sorprendía la mañana, sin haberse desvestido para dormir la borrachera. Hasta aquí, todo bien, podría decirse, porque hubo ocasiones en que lo trajeron a la posada, -como dice la escritora de San Ignacio, Misiones, Aída Ofelia Giménez- «con un pedo como para cuatro», dando espectáculos de borracho más que ordinario, salido de algún sainete de corte orillero.Doña Ramona le amonestaba por esos excesos que alteraban el reposo de los otros huéspedes, pero lo hacía en privado, sin que nadie se entere. Dicha actitud de la dueña de casa sería atribuible a que, el hombre abonaba puntualmente su cuota en pago adelantado, agregando una buena propina por lavado y planchado de algunas prendas de vestir. En otras circunstancias, le hubieran puesto en la calle sin contemplaciones, a él y sus pocas pertenencias.No sería exagerado decir que este trato preferencial de la patrona del hostal hacia el nuevo pensionista, pudiera tener otra motivación. Observando con atención, era sutilmente perceptible el modo insinuante con que, la aún interesante señora, miraba al hombre. Este, no se percataba de la situación, o tal vez fingía restar importancia al asunto ya sea por pudor, al tratarse de una mujer algunos años mayor que él.Ferrandís fue corrigiendo su censurable comportamiento de sábados anteriores, sin llegar al extremo de poder afirmar que se había vuelto abstemio. Entre semana, al finalizar su jornada de labor, se apuraba a pasar por lo de Aurelio antes de que este cierre, sólo para beber algo antes de cenar; esta costumbre, pasó a ser en él, una constante. Todo lo dicho no impedía que se le considere como una buena persona ya que, «sano y bueno», mostraba ser un hombre educado, correcto y servicial… Salva sea la diferencia entre uno y otro, es oportuno recordar la novela de Robert Louis Stevenson, «El Extraño Caso del Doctor Jekill y el Señor Hyde».
(Continuará)