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El espejo

De José Pereyra

Parsimoniosos movimientos iban dejando al descubierto el contenido del paquete. El tamaño y el peso le dificultaban la tarea, sumado al exagerado envoltorio con bollos de papeles, con los que el anticuario protegió la parte frágil. Momentos después, librado de toda envoltura, el antiguo espejo se erguía sobre la mesa.
Fabricado en 1879, según rezaba una desgastada etiqueta adosada en su parte posterior, había pertenecido a una distinguida familia italiana perseguida por las desgracias.
Hernán era un amante de las antigüedades y desde que lo vio en la vidriera quiso tenerlo. Le había sorprendido el precio, casi un regalo, y los comentarios del comerciante sobre su origen y las dos últimas familias que lo compraron pero que al poco tiempo lo devolvieron sin expresar razones. Era muy bonito, de casi un metro de alto, con un marco de nogal, con la parte superior ovalada y la base recta que terminaba sobre un cajón con una gaveta. El espejo, aunque de finas terminaciones, presentaba señales de deterioro por el paso de los años. Pensó en un mueble del dormitorio para ubicarlo, por lo menos hasta que lo pudiese restaurar. Cada día, al levantarse lo observaba y se observaba, allí decidía si se afeitaba o no antes de ir al trabajo.
Con el paso de los días comenzó a notar cosas extrañas, primeramente, sintió que su imagen en el espejo no era real y quien en él se reflejaba era un hombre de mayor edad. Luego comenzó a observar notorias arrugas en la cara que nada tenían que ver con sus cuarenta y pocos de años. Tiempo después fueron sus cabellos, que se reflejaban cada vez más blanquecinos.
El hombre vivía solo en el departamento. Algunas palabras con sus vecinos, las charlas con la señora que le hacía la limpieza dos veces a la semana y las esporádicas reuniones con compañeros de oficina constituían sus únicas actividades sociales.
La percepción de su imagen en el espejo continuó preocupándolo, cada vez se observaba más viejo y eso lo estaba volviendo loco. En la oficina no le advertían nada, salvo algunas miradas más prolongadas, nada indicaba que su semblante estuviese cambiando.
Pensó que las imperfecciones del espejo le provocaban esos efectos en el reflejo de su cuerpo, por lo que un día, al regresar del trabajo, decidido resolvió restaurarlo y si ello no funcionaba, también devolvería el espejo.
Esa noche antes de ir a dormir pasó frente a él y se vio muy desmejorado y con la espalda visiblemente encorvada. Se acostó muy preocupado y no tuvo dudas, por la mañana llevaría a cambiar el espejo o iba a enloquecer. Al día siguiente los vecinos se sorprendían al ver tantos policías en el edificio. Las conversaciones giraban en torno al extraño hallazgo en el departamento de Hernán. La mujer de la limpieza había encontrado sobre la cama el cuerpo sin vida de un anciano abrazado a un gran espejo. Hernán desapareció misteriosamente y nadie lo volvió a ver. En la vidriera de la casa de antigüedades, nuevamente se puede observar en oferta al antiguo espejo… a la espera que alguien lo quiera comprar.