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Noevia y el poeta bajo el sol y bajo la luna

Por Esteban Abad

“¡¡Ay… ese sol desvaído de otoño
y esa luna argenta del verano!!”

“Cada vez, cada noche, cada madrugada – decía el poeta en una inesperada confesión a sus amigos del galaico bar -, me pregunto qué diferencia hay entre aquella muchacha tendida sobre el pasto descolorido y bajo el sol desvaído del otoño y esta otra que llega a mi habitación cuando la noche es sólo luna y la luna es casi río”.
“Qué diferencia –se preguntaba-, entre el frenético devenir de los encuentros subrepticios, furtivos, en el hotel pueblerino o en las noches en la playa de la villa de calles de arena y entre aquella pasión alienante sobre las colinas del parque de Paraná, en “vacaciones de invierno”, pasto sobre arena, rumor del río a la siesta o el atardecer, ruido de ciudad cercana, miedo a la presencia maternal imprevista”.
“¿Qué distingue a aquellas palmeras espigadas, cómplices de nuestras citas desafiantes en la invernal siesta paranaense y pálida, de estas otras, vecinas de la secular casa de Ituzaingó, en cuya estival cercanía se desataría la tormenta de tentaciones incontrolables?”, se cuestionaba.
Y recordaba, “Alguna noche, alguna madrugada, despertaba de sueño tan real como la realidad misma en los que oníricamente se establecian lugar y modo de encontrarnos por primera vez, Entonces, como en esos sueños Noevia, la muchacha blanca con nombre de nube; la dueña de la voz como azucenas recién abiertas; la niña temerosa de la madre austera y severa, se apareció a mí en una siesta paranaense en las colinas del parque Urquiza, vestía pollera de tela escocesa, larga hasta el pie y blusa blanca almidonada; el pelo castaño recogido en dos colas, una a cada lado de la cabeza y para mirarme se quitó los lentes”.
Aclarando su garganta prosigue el relato, “Yo agaché la cabeza sobre el libro que leía recostado en una palmera, disimulando mis ansiosas miradas acariciantes, pero Noevia atacó “¿Es usted un poeta?”, e insistió, “Si lo es, ¿podría explicarme qué es la poesía?”
Como energizado por la evocación indica, “Cerré el libro (“¿Por quién doblan las campanas?” de Ernest Hemingway), me senté junto a ella sin responder, la garganta arenosa, los ojos rojos, la piel ardiente -No era por el sol, ese sol desvaído de otoño-, y con voz que quería ser firme pero vibrando como las alas de un colibrí; temblorosa cual un colibrí apresado, le dije como Gustavo Adolfo, “la poesía eres tú”.
Respiró profundamente y tras un trago de ginebra y mirar la taza de café vacía, el amigo alquimista de la palabra prosiguió: “Al mágico conjuro de la síntesis, un roce hubo apenas de los labios y en la avidez de calma a su poético y romántico pero carnal interés fui Neruda, Nervo, Darío, recorriendo impaciente y atrevido su piel, soslayando la ropa, salvando dificultades con magistral rapidez, escuchando el susurro que decía de madre y de miedo, de rígida y severa, y el suspiro que mezclaba un no en tono menor y un te quiero poco audible pero suficiente”.
“Nos confesamos que hacía días nos veíamos y esperábamos sin saberlo ambos, junto a las palmeras; al borde de la colina. Miramos juntos el río, mano sobre mano, con el sabor del otro cada uno en los labios, con un reguero de amor derramado sobre la gramilla amarillenta y bajo el sol desvaído del otoño”.

Por un momento la historia pareció llegar a su fin pero el mozo, que de lejos se regodeaba con la historia de amor, se acercó con tres cafés. Entonces el vate enamorado continuó la narración
.
El invierno nos había separado aunque furtivamente nos encontrábamos a la salida de su colegio. Pero eran minutos apenas…, y fueron pasando otros días y otros meses y otras esperas largas para brevísimos encuentros Fueron tantas las veces, que Noevia era el nombre de mi ansiedad más profunda y su voz el canto que prefería; su perfume el aroma que despertaba mis instintos, que se volcaban en ella como el agua de un cuenco en unos labios sedientos, febriles”.
“Nuestros amores se convirtieron de azorados recorridos precarios por nuestra joven anatomía, en alucinantes conciertos de melodías surgidas de la palpitación, agitación, trepidación de nuestros cuerpos desnudos, sudorosos, instrumentos magníficos que utilizamos como eximios intérpretes; perdimos el miedo a la madre severa; al ruido cercano de la ciudad; desafiamos el otoño; luego ignoramos el invierno y mientras, descubríamos nuevas guaridas para nuestras urgencias, nuevos cubiles para albergar nuestra pasión”.
“Con el inicio de la primavera, corrimos al río, a bautizarnos en él en nombre de la fe que profesábamos a esta religión bipersonal y prodigiosa que nos tenía como fundadores, pastores y feligreses. Entonces conocimos la tibieza de la arena donde nos calmábamos de la comunión sensual en el cauce entibiado con el calor de nuestra relación”.

“En verano surgió el epílogo de la historia”,
anunció el amante relator ya ensimismado con la historia.
“Noevia, ardor y poesía; Noevia, temor y desafío; Noevia, amor y pasión, cedió inexorablemente al influjo maternal y en los primeros días de aquél enero, fue ya nada más un recuerdo exhumado de la arena, que parecía encarnarse en la soledad de aquellas palmeras, iguales a éstas de Ituzaingó, a orillas del mismo río que veo desde la ventana del hotel, en madrugadas de luna fulgurante, mientras te espero, Silvia”.

El poeta hace una transición: “En cambio tú, Silvia, llegarás “cuando la noche sea sólo luna y la luna sea casi río” y habrá poesía dicha en voz muy queda entre tus pechos dulces; sibilantemente pronunciada sobre tu oreja; mordida en tu cuello enloquecedor; enredada en tu pelo lacio, largo y rubio; atada a tus piernas y a tus brazos; obnubilada en tu ombligo; derramada desde tu vientre hasta tu alma, inyectada en embates colosales…”

(Parecía que el poeta estaba escribiendo otra historia, enviando un mensaje virtual a su amada. Pero había nombrado a otra mujer. Y seguiría dirigiéndose a ella en la inesperada confesión teniendo a sus amigos como oyentes ),
“Cuando la batalla finalice y la tregua entre ambos nos devuelva la quietud y con ella la capacidad de discernir, de pensar, de analizar, pueda tal vez llegar a comprender que en esta tarde en casa de tu madre, no preguntaste si era poeta, ni estabas reclinada en la hierba otoñal macilenta, ni tu pollera cubría tus tobillos ni lucías almidonada blusa blanca. Tu cabello flotaba con reflejos áureos a espaldas de una imagen de inocencia y picardía amalgamadas y no tuviste miedo de una mamá decididamente frustrante y limitante; ni siquiera vacilaste ante la posibilidad de que Noevia –tu madre Silvia-, sospechara el vínculo, la afinidad que nos lleva a recrear en esta habitación del hotel de ituzaingueño, a orillas del mismo río, parecidas escenas a las del parque de Paraná; éstas bajo la luna, aquellas bajo el sol.
Aunque, si analizo, si piensas, la diferencia no está establecida por ninguno de los detalles referidos, sino en el simple y cronológico pormenor, que planta a mis decadentes cuatro –casi cinco-, décadas de vida frente a tus avasallantes veinte años, un par más de los que tenía Noevia, tu madre, aquella tarde; aquellas tardes, en Paraná. Tu madre, a quien encontré nuevamente después de 25 años en esta ciudad correntina”.
“Cada vez, cada noche, cada madrugada, cuando vienes, me pregunto que diferencia hay entre aquella muchacha tendida sobre el pasto descolorido y el sol desvaído del otoño en la siesta del parque y esta otra que llega a mi habitación cuando la noche es sólo luna y la luna es casi río”.
“Cada vez, cada tarde, cada madrugada, cuando vienes, puedes notar que mi poesía se hace paulatinamente más triste y mi amor más fuerte pero mi forma de amarte, más leve”.

II
NOEVIA,
LA MUCHACHA CON NOMBRE DE NUBE Y VOZ DE AZUCENAS

Se hizo un silencio que estalló entre las paredes del bar. La enésima taza de café humeaba sobre la mesa y algunas medidas de ginebra iban desapareciendo paulatinamente de los vasos . El poeta no esperó mucho para continuar,
“Por las siestas la veía sentada al borde de la barranca del parque, entre un grupo de palmeras. El pelo lacio, castaño, anudado con cintas; la pollera de tela escocesa o floreada, larga hasta los tobillos y la blusa de linon almidonado, bajo el chaleco o pullover cardigan.
“Una tarde, se incorporó de golpe y me miró fijamente; poco después desaparecía tras el jardín donde ahora existe un hotel de cinco estrellas.
Recién entonces, al salir de mi vista ella, pude apreciar el maravilloso paisaje con el río Paraná corriendo calmo pero sin pausa hacia la Bajada Grande, deslizándose entre las playas de arena dorada; el verde de la colina suave; la espesura de la cañada conocida como la Boca del Tigre; el inicio de la Fuente de los suspiros con sus miríadas de palomas y los hongos rojos del carrito de cerveza y panchos *.
“Entre la cortina de sauces llorones del arenal del balneario veía unos veleros pequeños y de vez en cuando una balsa enorme y una lancha rugiente y rauda, marcando una exagerada estela.
“Se me hizo costumbre dejar el trabajo e instalarme bajo las palmeras –a espaldas de la muchacha que había empezado a tener por mía, por propiedad exclusiva, anhelante, pero sin animarme a contarle nada de esto-, siempre con mi libro y una libreta en la que anotaba rimas y coplas que invariablemente seguían un destino cierto: el olvido.
Ella rompió el hielo una siesta grisácea del otoño paranaense: “¿Es poeta?”, dijo y cerrando mi ejemplar de la obra de Hemingway, escuché la segunda y desafiante pregunta: “Si lo es, ¿puede decirme qué es la poesía?”

Hace un alto en su charla retrospectiva para mojar apenas sus labios con ginebra y tras ello tomar la taza de café tibio. Tose como para anunciar que la película continúa.
“¡Ay, muchacha! – exclama -. Si hubiera tenido idea de las sensaciones que en cada pulgada de mi anatomía se daban cita en ese momento, no habría dicho nada –o si-. De repente perdí esa timidez de la que reniego cada vez que me veo ahora con casi cuarenta años y recuerdo las épocas pasadas.
“Un ejército de embravecidas hormigas me corrió por los brazos y me levanté de un salto poco elegante. Dentro mío sonaban timbales de fanfarrias y clarines de banda militar; la brisa otoñal era una tromba que me liaba en su vórtice, me alzaba hacia dimensiones nunca antes visitadas por mi espíritu o mi materia y me dejaba caer cerca de esa muchacha cuya voz era suave, dulce y blanca como el abrirse de una azucena; su mirar almibarado como el néctar de una azucena blanca al despertar; su piel tenía los dorados reflejos del polen de una azucena esperando ser fecundada y me sentí un monstruoso abejorro deseando libar su néctar, retorcerme entre los estambres, empolvándome de polen, acariciando la húmeda intimidad interior de los pétalos y hundiéndome en la corola, llegar hasta el mismo inicio del cáliz. Monstruoso bicho el abejorro, pero creía yo, tenía la fuerza y el empuje que necesitaba para abordar la situación.
“Me preguntas que es poesía/ ¡Poesía, eres tú!”, le dije.
“Gustavo Adolfo Becquer. Me gusta”, dijo. “Pero –rectificó-, me agradan otros más actuales como Antonio Machado, ese de “Caminante no hay caminos / se hace camino al andar”.
“¿Cómo te llamás?”, pregunté en el intento de apresurar el asedio a la fortaleza, que ya no parecía inexpugnable y asumiendo un tuteo imprevisto e inconsulto pero que no la sorprendió y con un murmullo imperceptible dijo: “Noevia” y aclaró “No hay muchas con ese nombre”.
“Hay más de las que creés”, respondí en un acceso de verborragia incontenible como mis latidos, como el golpetear de la sangre en mis sienes, l e recité,
“Hay una nube llamada Noevia
de la que llueve una lluvia tibia
en campos de manzanillas.
Una muchacha, voz de azucenas,
sobre el pasto verde,
tendida, sobre la arena amarilla,
pequeña de ojos tristes
soñando entre palmeras
..
”.

“Me miró y pidió que no me acerque, que la madre era una mujer muy seria y no vería con buenos ojos que su única hija entre las palmeras, sobre la arena del parque y que etcétera, y que no se que más. Pero me acerqué bravucón sin miedo a la terrible matrona.

“Hay una muchacha tendida en el pasto
/entre palmeras,
que teme a su madre,
se llama Noevia,y tiene en sus labios
dulzor de azucenas…”

“Me volvió a mirar, invitándome a arriesgar y entonces la tarde se estremeció de besos y el poeta se transformó en el abejorro de alas doradas y hasta el mismo cáliz de la flor entró, sintiendo la suave protesta.
Una sucesión de “no”, sin convicción. Una retahíla de reproches deseando no ser atendidos, brotaba de la boca pequeña pero sensual. Aludían a la madre austera y rígida y al miedo a la reprimenda, a la paliza incluso y la reclusión perpetua y solitaria en una isla con animales y monstruos salvajes y… pero…

Eso “pero…”, con interrogantes; en la mesa, hace crecer el interés por el romance que supone este relato.¿Ficción o realidad? ¿Quién se atreve a discutir eso a un poeta?Y se le oye decir…
… El poeta – yo -, sabía que su función era otra – asevera-. Debía llevarse el polen inaugural de esta flor y saborear el néctar de su primer amor; de ello dependía la permanencia de la inspiración, la continuidad de la poesía, la trascendencia en el tiempo y la transformación del impulso en amor satisfecho y la valoración de todo ello y, claro, su autovaloración.
“Noevia y yo recorrimos desde entonces el parque Urquiza, haciendo el amor tímidamente primero y pocos días más tarde con absoluto descaro, al punto de asustar con nuestra desnudez total a un par de gurises pajareros y deleitar a un linyera solitario con nuestras sesiones de cópula y placer.
“Otra vez, absurdamente, una pareja que buscaba un refugio entre las matas y los árboles de la Cañada que nos albergaba, al vernos huyó espantada. Nada nos importaba, es más, nos regodeábamos en ello con fruición. Cada árbol, cada brizna de pasto, cada piedra, cada seto, cada sendero, cada banco, supo de nuestros encuentros y de la energía que derrochábamos con gusto en contiendas cuerpo a cuerpo en las que el poeta era el monstruoso abejorro y la azucena, mansa flor, volvíase carnívora, insaciable pero sensitiva y suave.
“Cuando el verano llegaba a sus últimos días éramos consumados amantes, conocedores de todas las tretas para cobijar nuestras citas y nuestro amor en los más inconcebibles sitios. La madre recién hizo su aparición entonces, cuando saliendo del agua una tarde la vimos, al acecho bajo los sauces del balneario. Y la oímos.
Como la oiría dos años más tarde cuando quise saber de Noevia, de su pasión y ternura que no olvidaba. Con los postigos entreabiertos, desde el balcón me gritó “¡Váyase y déjela tranquila, se casó!” y me endilgó una serie de insultos muy apropiados para abatir a un abejorro profanador de azucenas y desilusionarlo de sus pretensiones”.

En los ojos del poeta la confesión pone la humedad de las lágrimas. Casi como una disculpa pregunta si interesa saber que sucedió después. El mozo –tal si fuera un amigo más -, pide que lo espere hasta que sirva otra vuelta. El amanecer crece fuera del bar y la expectativa dentro de él.
“A Noevia no volví a verla hasta que llevando la documentación de una encuesta, toqué el timbre equivocadamente en Ituzaingó en una de las mil viviendas iguales del barrio de la represa de Yacyretá. Avejentada, la azucena estaba marchita pero conservaba su altivez de flor magnífica y su voz, .
…era tan dulce como hacía 25 años .
Me presentó a Silvia, su hija, una bellísima joven veinteañera, quien me manifestó no conocer de poesía más que la existencia del género pero en ningún momento pretendió saber de que se trataba.
“Con su mamá no volvimos a vernos por una cuestión de asepsia romántica, de preservación de los recuerdos tal como los preferíamos. Con Silvia, preciosa heredera de la muchacha con nombre de nube y voz de azucenas recién abiertas; con Silvia, niña de larga melena rubia tras un rostro inocente y pícaro a la vez, con ella sí, volvimos a vernos”.

CAMINAMOS DE LA MANO POR LAS CALLES DE ARENA

La historia continúa; el sol nos guiña un ojo mientras el mozo es recriminado por no levantar las mesas. “¡En una media hora cerramos, tíos!” grita el hispánico propietario. El mozo hace oídos sordos pero apura al poeta. ”Ande hombre, cuente, cuente”, impreca.
“Ahora caminamos por las calles de arena, al sol del atardecer y rumbo al río, precisamente a la hora en que todos regresan. Vamos a tener toda la playa para nosotros y otras pocas parejas que con paciencia aguardan el crepúsculo y las primeras sombras de la noche para hacer el amor diluyéndose en la oscuridad de la parte baja de la barranca o hacia donde el agua devora las sombras.
“Silvia, la hija de Noevia, aquella muchacha con voz de nubes y piel de azucenas, ha tenido su primer encuentro conmigo, el abejorro zumbón de otrora, y vamos en busca de descanso.
Hemos tenido nuestra iniciación en la habitación del antiguo hotel frente a la plaza, refrescados a medias por un vetusto ventilador de paletas de metal, ínfimo paliativo para una noche de cuarenta grados, multiplicados por la temperatura de un cuerpo joven, grácil, inquietante y ávido de caricias cubierto solamente por mínimo vello dorado, húmedo de sudor dulce y salado a la vez.
“Y con el agregado del calor que emana de mi piel, no tan tersa como la de la muchacha rubia, con cabellos flotando con reflejos áureos a espaldas de una imagen de inocencia y picardía amalgamadas”, .
Vamos por las calles de arena aterrados por la idea de que nos reconozca alguien amigo de la madre o alguno de los que quieren saber que hace ese hombre que desde hace un par de semanas se encierra de día en su habitación de hotel y sale por las noches a beber lunas y cerveza con una blonda muchacha que tiene poco más de 21 años mientras él, él el doble y algo más de su edad.
“A propósito, un jovenzuelo en bicicleta se ha reído de mí o se confundió. “Adiós mi suegro” me gritó en un piropo antiguo pero vigente.
“Pero no me indignó más tiempo del que duró el rubor en lo que el bigote deja ver de mi cara. Y nada más que lo que tardó Silvia en estallar en una risa franca y sonora.
“La tomo de la cintura y la llevo casi en vilo. Ella se cuelga de mi cuello y girando en el aire pega sus labios a los míos y yo deslizo una mano en su escote. Sus pechos están duros y desafiantes; la sujeto del izquierdo y beso su superficie suave, firme, sin lograr que pare de reírse. “Se zafa, me muerde dolorosamente una oreja y me dice con inflexión irónica en la voz pero con una dulzura indescriptible, “¡Papá!”.
Fue varios días después de nuestra primera noche. Luego de conocernos en casa de su madre, a la que llegué por un error buscando a un amigo, y a la que no pienso volver para poder retener en mi memoria a aquella Noevia de momentos inolvidables en el Parque Urquiza, como la “muchacha de piel y voz de azucenas”, sabía que Silvia vendría a buscarme.
“Cuando la noche fue sólo luna y la luna se ensanchó en el río hasta ser casi cómo él, golpeó la ventana de mi habitación –una enorme y antigua ventana alta y de doble hoja con postigo-, y se tomó de mi mano como una paloma se posaría en ella para recibir una ración de maíz. Saltó el vano de la abertura y estuvo en segundos desnuda. “Una mujer desnuda y en lo oscuro” dice Benedetti y canta Serrat.
“La penumbra del lugar estalló en reflejos de piel dorada, de pelo dorado, de ojos dorados y el aire caliente, movido apenas por el ventilador de paletas de metal, se hizo espeso con consistencia de miel y nos ahogamos en él.
En medio del tráfago de caricias y besos y susurros y quejidos y uñas que se clavan en la espalda y piernas que se cruzan y crujidos de camas poco acostumbradas al trajinar de dos humanos febriles inmersos en la lucha cuerpo a cuerpo más brutal y más pacífica a la vez, surgió una rara pero placentera sensación de ahogo, el inicio de una insólita transición entre lo sensiblemente comprensible y esta situación de agónico estertor que invade sin piedad.
“En un flash, un relámpago, un brusco expandirme hacia delante sintiendo que mi alma o mi energía o mi espíritu o mi yo interno o como quiera que se llame esa cosa, me abandona, se dispersa hacia el interior de una caverna oscura pero centelleante; con esencia de mares profundos pero hundida en campos de suaves briznas de espliego y paredes de rosa y nácar, húmedas de bálsamos que se alimentan de la fuerza que escapa de mis entrañas.
“Entonces, siento a la muchacha en mis brazos, y si la siento y la veo es que vivo y que en milésimos de segundo he transitado entre el maravilloso asumir que no me importa ni le temo a la muerte y la fantástica sensación de retornar mágicamente a la vida”.

“De la ducha brota el agua fresca que tonifica. La luna no se ve por el ventiluz pero sí el rojo anuncio de que el sol se adueña de la escena. Fue nuestra primer noche, antes de la decisión de Silvia de dejar la casa de Noevia, su madre, viuda hace más de quince años y venirse a compartir esta pieza de hotel conmigo.
“Aquel amigo que tuve, mezcla de poeta y filósofo, catador de whiskies a cuenta de terceros, recorredor de noches interminables en ciudades dadas al sueño para no molestar a los bohemios noctámbulos, aquél que acude a mis llamados cuando necesito que me expliquen por qué la vida me mete en los vericuetos más insólitos, solía decir que “la mañana es para dormir; la tarde para descansar y preparar la actividad de la noche, y por último, la noche es para vivir; para amar; para beber y para soñar. Soñar despiertos, claro. Pero de todos modos si la noche no ha alcanzado para satisfacer la imperiosa necesidad de amar y copular, hay que utilizar para ello parte de la mañana y la tarde”.
“No está reñido con la naturaleza humana –defendía-, sino por el contrario resalta esa condición. Ningún instante de amor es mejor que el último, bueno… el penúltimo”, exageraba mientras se echaba al garguero el último, es decir, el penúltimo trago. Cubro con la toalla la espalda de Silvia y pienso en lo hermoso que ha sido este anteúltimo momento de amor.
“Desde entonces, cada noche, cada madrugada, me pregunto que diferencia hay entre aquella muchacha –Noevia-, tendida sobre el pasto descolorido y bajo el sol desvaído del otoño en la siesta del parque de Paraná -, y esta otra que llega a mi habitación cuando la noche es sólo luna y la luna es casi río, caminando las calles de arena de Ituzaingó.
“Desde entonces han pasado semanas, meses. Silvia es la orquídea sobre el tronco del añoso árbol; aparece como un ser que se alimenta del que le brinda aposento pero no es sino una epífita, una suerte de amante que sin pedir nada a cambio entrega su juvenil belleza, una preciosa y costosa joya que desvía miradas de mi paulatino y notorio avejentamiento.
“Ahora caminamos las arenas de las calles del pueblo, cada vez con menos cuidado de que nos vean. Aunque me pregunto que le diría a Noevia si apareciera de pronto frente a nosotros. Silvia me recuerda que “vivimos en el País de la luna”, en las cercanías de la represa que preocupa a los políticos y quita el sueño a los ecologistas.
Y me muestra los preparativos para asfaltar cuadras y cuadras y los árboles talados en la costa para iniciar la construcción de un anfiteatro y el crecimiento del número de habitantes de un pueblo medio en un entorno maravilloso.
“Creo que pronto los ituzaingueños vamos a tener que formar el club de residentes en Ituzaingó”, dice que le dijo el escritor que vive a la vuelta del hotel –, nacido y criado en lo que fuera la Tranquera de Loreto-, mientras compartimos una cerveza en la playa.
“Cada vez sufren más los peces y los cazan como a moscas y los brasileños se los llevan en frizers y a los monos de la selva desaparecida y a los ciervos los “relocalizan” en helicópteros”, se atosiga contándome mientras un artesano se “recopa” dejando sus miradas viajeras en nebulosas de anfetaminas, posadas en los recodos salvajes del cuerpo de Silvia bajo la luna y quiere vender su “bijouterie”.
“Tío –me dice-, usted curte de lo bueno. Buen faso, buena birra, playa y mujer joven”, cuando le entrego el enésimo cigarrillo que me pide y le pago un par de aros de alambre.

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“Silvia tiene que hacer trámites y arreglar su situación con la universidad. Mañana viajaremos a Corrientes, capital, en colectivo. Voy a aprovechar el viaje para hablar de esta relación nuestra, creo que debo pedirle que formemos una pareja con bases más sólidas que las que nos unen hasta ahora y que nos casemos y que tengamos hijos. Debo hacerlo ahora porque los años están pasando y pesando sobre mí. ¡Pronto no me confundirán con el padre de esta muchacha de rasgos dulces y dorados sino con su abuelo!
“Un hijo –o tal vez una hija parecida a ella-, sería el ápice, la culminación de esta escalada en la escarpada ladera del amor vedado. Pero a esta altura de la vida me permito, me obligo casi, a tener prejuicios, y quiero un hijo que nazca de una pareja “legalmente constituida”, no quiero que de ninguna manera sea un hijo natural o ilegítimo.
“Voy a decírselo mañana en el viaje. Ahora dejaré la caña de pescar y volveré al hotel a hundirme en la rubia melaza de sus caricias y a respirar el azafrán de su aliento. A repetirle que no me gusta ir a pescar sin que me acompañe, que la extraño.

“Hay novedades en el pueblo: concluyeron el asfalto en la calle del hotel y el artesano abandonó la puerta del supermercado. Hace días que no me dice que “curto de diez” ni que “la cabeza se le da vuelta, que está de la nuca, buen faso, mujer joven, me recopa man”. Se habrá ido.

“Pronto Silvia cumplirá 22 años. No quiero dejarla sola nunca más ¿Me estoy poniendo celoso? ¿De quien o de qué? No me puedo responder porque de pronto me río con ganas y con demasiada fuerza para estar solo y entrando al hotel. Es que he pensado en que Noevia –la azucena- ¡será mi suegra!, ironías del destino.
“La mucama me sonríe al entrar al pasillo central. Siempre me sonríe, tiene 18 años y me parece una niña. No me animaría a proponerle entrar a mi pieza y menos a mi cama. En la habitación no hay nadie; “Silvia salió”, me dice la mocosa y “creo que habrá ido a buscar comida”. No ha confiado en mi habilidad de pescador.
“Del ropero abierto, de su panza sin blusas ni polleras, ni cajitas con perfumes ni el bolso marinero que una noche “cuando la noche era sólo luna” llegaron con Silvia, sale un aire gélido en surtidores que no tienen aroma de azafrán ni de espliego ni el fulgor dorado del ramalazo de su cabello agitado sino solamente el húmedo y pringoso olor de las solitarias horas que sobrevienen para un viejo que no se ha dado cuenta que cada vez,
cada tarde,
cada madrugada,
su poesía se hace lentamente más triste y su amor,
su forma de amar,
su pasión y fuerza para amar,
más imperceptibles”.
Las sillas están sobre las mesas. El delantal del mozo de retuerce entre sus manos. “¡Señores cerramos!”, grita, ordena, expulsa el gallego. El sol ilumina a la gente que va a trabajar y se hace cómplice de los noctámbulos confesores, confidentes, implicados en la triste historia del poeta y las muchachas.

                                                  FIN